El pasado 27 de marzo del presente año, fui de vacaciones a distintos lugares del estado de Oaxaca. Uno de esos destinos fue San Pedro y San Pablo Teposcolula, pueblo mágico ubicado al noroeste de la entidad, en una zona casi desértica de la región mixteca. El motivo por el que decidí visitar ese pueblo fue porque allí había una exposición fotográfica del escritor y fotógrafo Juan Rulfo.
Desde hace mucho tiempo yo admiraba a Juan Rulfo como escritor, especialmente por su novela Pedro Páramo, un libro que está a la altura de cualquier libro clásico universal. Sin embargo poco me había interesado por su obra fotográfica, quizá porque antes no era el momento para estarlo. La vida da muchas vueltas, ya que desde finales de 2017, motivado por distintos intereses, decidí poner más atención a la fotografía en general, desde la parte técnica hasta la parte que tiene que ver con su historia y el conocimiento de los más importantes fotógrafos internacionales y mexicanos. Fue así que decidí revisar esa veta artística de Juan Rulfo, debido a que también es considerado uno de los principales fotógrafos que ha tenido México.
Como se puede ver, para mí era imperdible esa muestra fotográfica en Teposcolula y cuando tuve una buena oportunidad me fui sin pensarlo. Debo mencionar antes que el pueblo me pareció un sitio muy agradable, destaca por su arquitectura colonial y por mantener ese toque rural tradicional que ya se ha ido perdiendo en otros lugares. Además la gente es de lo más agradable y atenta con el visitante. Yo pensé que esa amabilidad se debía a que en Teposcolula existía una vocación turística fomentada para tratar bien a los visitantes, pero me convencí más tarde de que se debía más al carácter propio de los habitantes.
Por su parte, la exposición fotográfica de Juan Rulfo se encontraba en la casa de cultura, la cual ocupaba un inmueble al parecer con toques arquitectónicos de tipo entre colonial y prehispánico. En sí el sitio destinado para las fotografías fue un cuarto más o menos grande, con buena iluminación y ambiente seco.
En el interior me sorprendió ver que las fotografías estaban colgadas con hilos de cordel, amarrados en anillos. Esto fue posible porque las imágenes no estaban impresas en papel y enmarcadas, según como esperaba, sino que estaban impresas en lona. Por un momento creí que me desanimaría encontrar así la muestra, pero cuando vi los retratos, los paisajes y a los mixes haciendo cosas cotidianas como ir por el agua, trabajar en sus parcelas, en sus fiestas, en su música, mi posible desánimo se convirtió en admiración.
De acuerdo con lo explicado en la muestra, Juan Rulfo llegó a la zona mixe aproximadamente en la década de 1950, motivado por el mega proyecto de la Comisión del Papaloapan, que tenía como misión la modernización económica de la región cuenca del Papaloapan entre los estados de Veracruz, Oaxaca y Puebla. Sin duda la etnia mixe aparecía como una sociedad relevante desde el punto de vista antropológico, por lo que Rulfo tuvo como tarea hacer el registro fotográfico que apoyaría en mucho los estudios etnográficos que se tenían que hacer, no solo sobre los mixes, sino de otras comunidades como la mazateca. Tal y como finalmente sucedió.
Respecto a su labor en este proyecto, solo puedo decir qué buen fotógrafo fue Juan Rulfo, técnicamente sus capturas son ejemplares. Según cuentan sus historiadores, como Paulina Millán (2017), él tenía una cámara Rolleiflex de 6x6, que usaba un rollo de formato medio de 120mm, el cual se destacaba por lograr negativos de tamaños más grandes que los de 35mm, posibilitando así el positivado de imágenes de gran definición y mayor calidad. Claro, todo esto facilitado por la calidad del fotógrafo que sin duda fue el mismo Juan Rulfo. Por tal motivo, es que las imágenes al día de hoy tienen esa forma cuadrada, porque así era el tipo de fotos que tomaban con la Rolleiflex.
De lo que Rulfo registró me llama mucho la atención su interés por la gente. Él tenía una encomienda antropológica y quizá por eso se enfocó en sus tradiciones como la música, los rituales, la agricultura, la vestimenta, los rasgos físicos, la cultura material y el espacio social. Y si a esto se le agrega su propio interés por fotografiar de manera artística, tomando en cuenta el contexto, la arquitectura y el acercamiento a los sujetos a retratar, se tuvo como resultado una colección de lo más relevante desde el punto de vista artístico (lo fotográfico), antropológico e histórico.
La verdad fue todo un deleite ver cada una de las imágenes expuestas. Me llamó la atención que poco sujetos miraran a la cámara, como si el fotógrafo hubiera preferido mantenerse al margen de lo que sucedía en la cotidianidad registrada y la cámara fuera solo un agente externo prácticamente invisible. Eso en la realidad pudo haber sido imposible, porque evidentemente la gente vio a Juan Rulfo, platicó con él, lo recibió, convivieron y posiblemente llegaron a un acuerdo de confianza como para que la cámara no intimidara y le quitara realismo a las fotos. Pudo haber llegado el momento en que él pidiera a las personas que se olvidaran de él, que hicieran sus cosas con absoluta naturalidad, como si no estuviera. Si esa fue la manera como Rulfo trabajó con los mixes, deberé de reconocerle su habilidad para ganarse su confianza, para comunicarse en un lugar donde seguramente no se hablaba español y así trabajar como fotógrafo cómodamente según su criterio.
Esta visita a Teposcolula y a la exposición fotográfica de Juan Rulfo fue una experiencia grata. Aquí he agregado algunas imágenes que hice en ese momento. No sé si la muestra continúe, pero de todas formas ir a la localidad es de lo más recomendable, aunque sea de entrada por salida, tal y como fue en mi caso.







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